¿Sabías que la ‘moda’ de llenar de vegetación hogares y escuelas, revolucionará el aprendizaje?

Cuando comencé la investigación sobre los impactos neuronales del espacio y su relación con el comportamiento humano me topé con varios artículos escritos por investigadores (sobre todo de EEUU) que describían situaciones del mundo real* que dejaban patente cómo el entorno influye tanto en nuestras tareas cognitivas (conscientes) como en las viscerales (inconscientes).

El título, por si todavía queda alguien que continúa leyendo más allá… lo he elegido porque, como os contaré a continuación, estar inmersos en una atmósfera donde reina la vida vegetal tiene un sinfín de repercusiones beneficiosas en nuestros organismos.

Hay cosas que pueden parecer obvias, como que las plantas limpian el aire que respiramos; diferentes plantas se encargan de limpiar el aire que respiramos de una variedad de maneras (aquí os dejo un estudio de 1989 de la NASA al respecto). Pero… ¿hay algo más, que la cultura general nos haya enseñado?

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Además, en la actualidad están sentando bases equipos docentes que defienden una educación basada en el contacto con la naturaleza. Tal y como hacemos en el equipo de trabajo de Origami. Quienes este mismo año arrancan con una escuela que tiene como centro neurálgico del aprendizaje la experimentación con las materias. Una experiencia educativa en primera persona donde el protagonista es el alumno y el profesor toma el papel de guía, todo ello en un ambiente que colabora con el proceso de aprendizaje.

Volviendo a porqué rodearnos de elementos naturales como agua o plantas ayuda positivamente al funcionamiento de nuestro cuerpo:

Os voy a contar la historias del Prouty Garden en el Hospital Infantil de Boston, un sitio del que científicos de distintas disciplinas afirman que ayuda a curar a los peques que lo visitan. Los niños que viven en este hospital se benefician enormemente de estar en contacto con la naturaleza y se ha comprobado que su recuperación es mucho más pronta si visitan el jardín en sus ratos de descanso. Pero… ¿por qué?

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Conocí el jardín de este hospital a través de la historia de Aidan, un niño de tres años que en 2011 acababa de recibir un trasplante de corazón. Su abuela, escribió en su blog que a su nieto le encantaba salir al jardín del hospital a dar de comer a los pájaros y las ardillas. Esta actividad animaba al peque a salir de la cama a diario para adentrarse en el mundo de la naturaleza. ¿La recompensa? Su cerebro se veían enriquecido al estimular sus sentidos con los olores, colores, movimientos y texturas del jardín.

Arquitectos, psicólogos y médicos se han interesado por la relación que no sólo este niño, sino todos los pacientes tienen con el frondoso espacio verde de este hospital, que ha resultado ser uno de los jardines con más éxito del país. De hecho, como os contaré más adelante, hubo un proyecto de extensión del hospital que no se llevó a cabo para salvar el jardín.

Gracias a que se dio a conocer esta relación entre pacientes y jardín, profesionales de diferentes áreas decidieron plantearse la posibilidad de estudiar mediante experimentos si efectivamente los jardines o espacios naturales podrían ayudar a la pronta recuperación de un enfermo.

Es de sentido común que el aire limpio, la luz del sol y los olores de la naturaleza, son elementos fundamentales para tener una experiencia del medio en el que vivimos, pero ahora, gracias a las demostraciones aportadas (entre otros, por el psicólogo medioambiental Roger Ulrich) se sabe con certeza que observar eventos de la naturaleza puede reducir el periodo de recuperación tras cirugías, infecciones u otras dolencias.

En el número 10 de la revista Cuadernos de Mente y Cerebro (número dedicado al dolor) se hace referencia a los mecanismos que el cuerpo tiene para experimentar esta sensación. Ahí aprendí cómo mediante la interacción de agentes externos (naturales o químicos) la sensación de dolor puede amainar, ya que varía la cantidad y tipo de neurotransmisores que participan de las actividades sinápticas.

Dicho en otras palabras. Si tenemos una pupa muy grande, visible o no (yo considero las depresiones como pupas en el corazón), y nos encontramos muy doloridos… dar un paseo por un jardín donde podamos ver/oír/tocar ardillas, pájaros, tortugas, agua en movimiento, una variedad de árboles y arbustos… ayudará a que nuestro cerebro “esté a otra cosa”, y la actividad pase de estar en el centro del dolor a estar en el centro de la percepción.

Los caminitos neuronales que están en funcionamiento cuando estamos en contacto con la naturaleza son muchísimos más que los que se activan cuando estamos en una habitación blanca (en el mejor de los casos…) con una ventana cobre una silla o una cama.

Gracias a los experimentos llevados a cabo en sitios similares a este jardín-hospital, se ha demostrado que pasar de 3 a 5 minutos observando un paisaje dominado por árboles, flores o agua, reduce los enfados, la ansiedad y el dolor. Además, se ha comprobado que induce al observador a un estado de relajación.

¿Cómo se hacen estos experimentos? Pues toman la información midiendo cambios fisiológicos en el observador. ¿Qué son los cambios fisiológicos? Pues la variación de la presión sanguínea, la tensión muscular, la respuesta de la piel, la actividad del cerebro y la del corazón.

Fijaos si los beneficios de observar un paisaje son potentes que incluso una reproducción fotográfica tiene un impacto positivo en nosotros.

Como Clare Cooper Marcus escribe: “pasar tiempo interactuando con la naturaleza no hará curar una cáncer o una quemadura en una pierna, pero hay una clara evidencia de que pueda reducir tus niveles de dolor y estrés. Y, al hacer esto, impulsar tu sistema inmunológico de manera que contribuya a la sanación de tu organismo. En cooperación con otros tratamientos, puede ayudarte a sanar.”

Hay otro experimento muy interesante del que hablaré en otra ocasión donde se estudió la relación de un grupo de personas con una serie de esculturas en un parque. Como he comentado alguna vez, el diálogo invisible con los objetos que nos rodean (teoría de las affordances, de Gibson) consiste en que nuestro cerebro no estará transmitiendo qué puede hacer con un objeto que ve, sin que nosotros lo pensemos de manera consciente.

Ahora sabemos, y vosotros junto a mí, que sólo con la observación, nuestro cerebro es capaz de desarrollar un abanico de posibilidades de interacción que nos ayuda a relacionarnos con nuestro entorno. Esto se debe en gran parte a los mecanismos de las neuronas espejo, que hacen que el cerebro tenga más actividad si observamos algo que sugiere acciones.

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Centrándose en este tipo de estudios, la arquitecta Susan Rodiek se ha preocupado por elaborar una lista que continene los elementos que hacen que un jardín-hospital tenga esta capacidad curativa, vinculando los estudios teóricos al diseño, llevando lo perceptivo al mundo tangencial.

  • Mantenlo verde: Proyectar zonas frondosas de árboles, flores y setos con distintos tamaños y texturas que supongan un 70% del total; el otro 30% podrá estar destinado plazas y paseos.
  • Las esculturas abstractas no tranquilizan a personas enfermas o preocupadas.
  • Mantenerlo vital: los árboles de mayor envergadura atraerán a pájaros y se podrán colocar bancos o sillas móviles debajo de ellos para facilitar las conversaciones y fomentar la interacción.
  • Involucrar los cinco sentidos: los jardines que pueden ser tocados, escuchados, vistos y oídos, son los que más calman. Evita las fragancias intensas, sobre todo en zonas con pacientes que estén tratándose con quimioterapia.
  • Preocúpate por los paseos: la accesibilidad no sólo atañe a las sillas de ruedas, sino que también determina el caminar con seguridad y poder ver con claridad los límites del camino.
  • Cuidado con el agua: Las fuentes demasiado ruidosas no calman a nadie, como tampoco lo hace el olor a agua estancada.
  • Facilita el acceso: Sin puertas pesadas o de difícil localización.

Esta lista es uno de los muchos esfuerzos que profesionales de todo el mundo estamos haciendo por demostrar que el entorno construido tiene una relación directa con cómo nos comportamos y con cómo se comporta nuestro cuerpo.

Hay muchas referencias que ya ponían esto en práctica a las que podemos recurrir. Roberto Burlé Marx fue una de estas referencias.

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Parece lógico pensar que este diálogo cerebro-espacio sucede a diario y en silencio, y que nos acompaña con cada cosa que hacemos. Todos tenemos un sitio favorito para reflexionar, ¿qué características tiene el tuyo?

Os invito a que penséis cómo son los entornos en los que desarrollas tu vida y, si queréis, lo compartáis aquí.

¡Hasta pronto!

*vida real: Es como personalmente entiendo lo que se sale del entorno del laboratorio y que no sigue metodologías de análisis cuantitativas sino que están basadas en la observación y puesta en práctica.

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